BMW Brutus de 1926.

Tras la Segunda Guerra Mundial hubo un excedente de motores de aviación debido a las duras condiciones de la rendición del III Reich. Unos mecánicos chiflados pensaron por qué no montar un motor de avión a un coche… y lo hicieron. Consiguieron un BMW VI de 1926, un V12 de 46 litros de cilindrada. No me he olvidado ningún punto.

Este motor ya tuvo una aplicación sobre ruedas, el Rail Zeppelin, un tren propulsado por hélice que alcanzó 230 km/h en los años 30. Al ser un motor pensado para aviones, era bastante pesado y con muchísimos caballos a bajas revoluciones, y eso supone inconvenientes a la hora de calzarlos en un coche.


Este motor mide 1,8 metros de largo, 1,1 metros de alto y 0,87 metros de ancho. Haceos a la idea de sus dimensiones. Por otro lado, pesa 510 kilogramos, ¿qué chasis aguanta eso? Pues el receptor fue un American La France de 1908, que podía lidiar con semejante peso. Así nació el BMW Brutus.

Esta bestia mecánica entrega 500 CV a 1.500 RPM y su consumo es salvaje: 100 l/100 km. Algunas fuentes dicen que puede dar 750 CV a 1.700 RPM, pero solo durante un minuto. Con esa fuerza está claro que con la transmisión adecuada podría ser un aparato interesante. El Brutus puede ir a 100 km/h a solo 800 RPM.

Ese es el régimen al que un motor convencional de gasolina va al ralentí. Hoy día BMW tiene motores de más de 500 CV y con muchísima menos cilindrada, pero hay que entender la época y el tipo de motor. De hecho, BMW hizo sus primeros experimentos de inyección directa de gasolina con este motor en 1933.


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