Targa Florio 1965, hace que nuestro pulso se acelere.

Ya no hay carreras como las de antes. ¿Cuántas veces hemos oído eso? Tendemos a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero eso es un tópico. Sin embargo, parece que ese tópico se convierte en norma con algunas carreras de coches. Viendo solamente su planteamiento evocan grandes gestas. Verdaderas proezas de pilotos que, pensándolo en frío, no son más que personas corrientes tras un volante.

Sin embargo nos negamos a ver estas carreras como una competición sin corazón, del mismo modo que no aceptamos que un coche sea un electrodoméstico (aunque viendo lo que circula por nuestras carreteras estos días me entran dudas). Lo que hace infranqueable esta línea entre lo vulgar y lo épico son las emociones que nos suscitan. Y la Targa Florio hace que nuestro pulso se acelere. Imágenes que  nos hacen retroceder tiempo atrás, hasta una época donde en cada curva el riesgo era altísimo.

Pueden ser tachados de locos, pero dudo que lo fueran. Son personas, al fin y al cabo, los que llevan estos coche -pie a tabla- por las perdidas carreteras de montaña del Parco Regionale delle Madonie (que significa algo así como: Circuito de carreras para valientes) en Sicilia.

En la actualidad resulta difícil imaginas un equivalencia: una carrera de resistencia protagonizada por los de la categoría FIA GT1 corriendo por carreteras abiertas, atravesando poblaciones y esquivando alguna gallina durante el recorrido… a manos de pilotos de F1. Un recorrido que, en su variante más larga, tenía 150 km y al que había que dar varias vueltas.

Tanto los trazados como el número de vueltas ha ido cambiando a lo largo de su historia, pero el denominador era común: exigencia al 100%, para los coches y los pilotos. En los últimos años se corrían 11 vueltas al trazado corto, de 72 kilómetros: 792 kilómetros a fondo por carreteras de montaña.

Si Nordschleife nos parece un infierno, imaginadlo 5 veces más largo. Un infierno mayor, hasta 1973, año en el que formó parte -por última vez- del Campeonato del mundo de resistencia.

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Pero volvamos a 1965.Por estas curvas pasaban, a todo trapo, los mejores deportivos de la época; compartiendo protagonismo con un sinfín de coches más modestos: Ferrari 250 GTO, 250 LM o 250 GT Lusso, los Alpine A110 (Vinatier), Porsche 906, un Austin Healey 3000 con Timo Mäkinen al volante, picado con  Rauno Altonen, su compañero de equipo en el equipo Mini, al volante de un Austin-Healey Sprite Spider.

También MG Midget, varios Alfa Romeo Giulia TZ Zagato, Ford GT40  o un Abarth 1600 OT Spyder…algunos coches que ahora son reliquias de museo, pero que en aquella época solamente eran autos  de carreras.

Máquinas de estas prestaciones en carreteras públicas, sin 800 metros de escapatoria, 2 o 3 vallas para separarlos de los espectadores, muros de neumáticos para protegerse es algo impensable, una locura.

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