Aparte de su estética, este Flajole Forerunner presentaba varias soluciones innovadoras para su época. Por ejemplo, el techo del habitáculo. Más que un coupé, hay que tratarlo como un convertible. El sistema retráctil del techo lo ocultaba tras la enorme trasera con un sistema mecánico, por lo visto, sin comprometer la capacidad de carga.
Hablando del techo, no os preocupéis por la posición del retrovisor, puesto que el techo era transparente. Así juntaba el placer de conducir a cielo descubierto con ambas configuraciones. Incómodo, no lo dudo, pero dada la configuración del coche (sin ventana trasera), era ponerlo ahí o no ponerlo.
Y como William Flajole tuvo en cuenta también ciertos aspectos de la seguridad pasiva, dejó el retrovisor en esa posición tan poco usual. Otro detalle de seguridad, poco visto en aquellos años, son los asientos con reposacabezas. Algo que actualmente lo vemos tan normal, hace 60 años era prácticamente inédito. Y vaya reposacabezas, más que asientos parecen sofás.
Aunque era un prototipo hecho en fibra de vidrio, su creador lo usó como coche propio hasta los años 70. Por supuesto, se trata de una unidad única, lo que aumenta su valor a la hora de la venta, pero lo aumenta más mirándolo desde el coleccionismo puro y duro. Tener esto en tu garaje significa que nadie más en el mundo lo tendrá.
Es por eso que su precio está donde está: 350.000 dólares. Tras pasar por varias manos y recaer en un museo, se restauró completamente, intentando dejarlo lo más original posible.
Un precio elevado, pero las cosas únicas, independientemente de su belleza, tienen esas cosas, que son caras