Y ahora los políticos querían desmantelarlo alegando que era un riesgo medioambiental. Un riesgo simplemente inexistente por un montón de coches desvencijados, dejados a su suerte durante tres décadas, con las ruedas hundidas en la tierra, las carrocerías oxidadas y cubiertas de hongos y helechos, los motores agarrotados, sin una gota de aceite que derramar, atrapados por una vegetación salvaje y sirviendo muchas veces como guaridas de los animales del bosque.
Mientras unos daban la razón a las autoridades, otros, entre los que por supuesto me incluyo, quisieron ver en este lindero del bosque un pedazo de la historia y la cultura del automóvil que, precisamente por el estado en el que se encontraba, merecía el derecho a quedarse tal cual. Pero los jueces se encargaron de echar por tierra esa romántica idea, obligando al desmantelamiento de este peculiar mausoleo.