Corría septiembre de 1984 cuando el gobierno alemán de la época, esquivando una auténtica granizada de críticas, aprobaba la obligatoriedad del catalizador para todos los coches nuevos con motor de gasolina. Aquella decisión supuso el pistoletazo de salida para la preocupación por el medio ambiente que hoy es norma generalizada en el mundo del automóvil. A día de hoy, nadie concibe que un vehículo abandone la cadena de montaje sin equipar algún tipo de sistema de limpieza de los gases de escape.
Ahora se habla de calentamiento global, con el CO2 como enemigo a batir. Entonces, la expresión de moda era la “lluvia ácida” que quemaba los bosques, pues eran los gases tóxicos de los tubos de escape los que suponían la mayor amenaza. En Estados Unidos y Japón ya se empleaban catalizadores, pero el gobierno alemán trajo su obligatoriedad a toda Europa.