Max Mosley podría lograr lo que ni tan siquiera el dictatorial Balestre consiguió durante su tumultuosa presidencia de la entonces FISA: destrozar definitivamente la Fórmula 1. El año que viene se cumplirán 30 años de aquella temporada de 1980 en la que la Fórmula 1 ya estuvo a punto de romperse. Por aquel entonces, la intervención de un Bernie Ecclestone que capitaneaba el bando de los equipos consiguió traer la paz a la categoría en forma de Pacto de la Concordia, pero poniendo a la vez la semilla de la destrucción que podemos presenciar en breve: a Max Mosley en la presidencia de la FIA.
Podría extenderme en describir el currículum de Mosley, sobre todo en esta última etapa oscura de su trayectoria, pero creo que todos conocemos de sobras cómo han sido los resultados de la mayoría de las categorías en las que la FIA mete mano, desde el teatro del absurdo de el WTCC, pasando por el ninguneado y casi aniquilado WRC, y con lo que está pasando en la F1 como colofón. Lo peor de todo es que ya se insinúa que Mosley no cumplirá su palabra de no presentarse a la reelección en noviembre. No, perdón. Peor aún es que si se presenta, volverá a salir elegido, porque por desgracia, los súbditos que votan no son mucho más que sus marionetas.
La situación actual está bien clara: Max Mosley no piensa bajar del burro y ceder ante las presiones de una FOTA que por fin ha cogido la fuerza y unidad que hacía años que se venía necesitando en una Fórmula 1 con tendencia a convertirse en una copa monomarca más.