Para su época, el Peugeot VLV contaba con el último grito en tecnología eléctrica aplicada al automóvil. Usaba cuatro baterías de 12 voltios que le garantizaban una nada despreciable autonomía de 80 km. Por el contrario, su velocidad máxima no superaba los 30 km/h (más o menos la velocidad media que se puede conseguir hoy en día con un cochazo de 300 CV en cualquier ciudad llena de atochamientos). Una de sus mayores novedades era el cargador, que permitía recargar las baterías en cualquier enchufe disponible.
A pesar de que eran tiempos de guerra, el coche tenía los suficientes atractivos como para conseguir un volumen de ventas de casi 400 unidades. Tras este primer intento, Peugeot claudicó durante más de 40 años ante la dictadura imperante; me refiero, para no levantar suspicacias, a la dictadura del petróleo. En 1984 inició las primeras pruebas serias con la versión eléctrica del Peugeot 205. Años más tarde lo intentaba con la furgoneta J5. En aquel momento, lo que se llevaba eran las baterías de niquel-cadmio.